4/19/2007


GARA Kolaborazioak

Txanba Payés

Armas de destrucción masiva en EEUU

¿Por qué a un ser humano se le pasa por la cabeza coger un arma y matar a sangre fría a más de 30 personas?

La respuesta a la masacre ocurrida en una universidad de Virginia la van a buscar -como siempre- en el individuo que asesinó a 32 estudiantes, hiriendo a otros 30. A la hora de buscar responsabilidad de los hechos, todos lo tienen claro, el único responsable es el estudiante que disparó. Expertos expondrán que el surcoreano estaba lleno de «ira». Sicólogos, sociólogos... hablarán sobre la personalidad de Cho Seung-Hui y discutirán superficialmente del tema, que al cabo de unas semanas se irá diluyendo en los medios.

Sin embargo, ¿por qué a un ser humano se le pasa por la cabeza coger un arma y matar, a sangre fría, a más de treinta personas? La respuesta a estas preguntas está no sólo en el individuo, sino en gran parte en las contradicciones que genera un sistema que vive de la muerte, que inyecta muerte por donde va. En más de treinta estados la pena de muerte esta en vigor. Sus leyes permiten que toda persona acceda a las armas de todo tipo y calibre en algunos estados a partir de los 16 años. La posesión de armas viene contemplado como derecho en su Constitución.

En el país «más libre y demócrata del mundo» el 40% de las familias tienen una o varias armas en su casa. Pero como dicen algunos miembros obtusos de la asociación nacional del rifle «no son las armas las que matan son las personas malas que las utilizan para eso». Personas cercanas a esta asociación dicen que si los estudiantes hubiesen tenido armas esto no hubiese ocurrido. Hay más de 200 millones de armas en los hogares gringos. Y la respuesta, las causas y el origen, la buscan sólo en el individuo que disparó.

Sin embargo que se vendan armas con facilidad no es lo único que produce estos horrendos y execrables hechos. Bush dice estar horrorizado por los hechos, mientras que las miles de muertes mensuales en Irak no le dicen nada. Sus soldados violan, matan a sangre fría, a miles de personas anónimas por el mundo. Hoy es Irak, ayer Vietnam, Corea... hace muy poco Centroamérica, en estos momentos Colombia.

Todos los asesinos en serie de América latina han sido entrenados por EEUU, empezando por los militares y los escuadrones de la muerte de Centroamérica como los que operan en Colombia. Como aquellos que cometieron los asesinatos en Argentina, Uruguay, Chile...

Cuando acaben los ecos de esta masacre, callarán hasta que haya otra, pero sin abordar el verdadero meollo de la cuestión, de un sistema decadente que produce no sólo asesinos en serie, sino a trabajadores que, producto de la desesperación, cogen un arma y matan a compañeros o estudiantes que gustan sentirse importantes y hacen lo mismo. Estados Unidos vive de las armas y ha construido su sistema en base a ellas, mientras en cuanto a valores se refiere andan muy escasos; es por tanto en el modo de producción capitalista donde deberían de buscar las respuestas.





http://www.gara.net/paperezkoa/20070419/13739/es/Armas/destruccion/masiva/EEUU

4/03/2007


Jon Sobrino: compañero de tribulación

2007-03-30

Jon, amigo y hermano: La «notificación» de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex-Santo Oficio) condenando opiniones tuyas sobre Cristo porque no se ajustarían a la fe cristiana, me llenó de profunda tristeza. Vi funcionar contra ti el mismo método y la misma forma de argumentación usados contra mí con referencia a la doctrina sobre la Iglesia. El método es el del pastiche, que consiste en pinzar partes de frases y combinarlas con otras, creando así un sentido que ya no corresponde a lo que el autor ha escrito. O si no, distorsionan los textos de forma que el autor no se siente representado en ellos. Entiendo y apoyo tu decisión valiente: «no me siento en absoluto representado en el juicio global de la notificación; por eso no me parece honrado suscribirla. Además sería una falta de respeto a los teólogos que han leído mi obra y no han encontrado en ella errores doctrinales ni afirmaciones peligrosas».

De hecho, eminentes especialistas en el área analizaron, a petición tuya, tus obras: Sesboué de Francia, González Faus de España, Carlos Palacio de Brasil, entre otros. Todos fueron unánimes en reafirmar su ortodoxia. ¿Por qué no han contado esas opiniones? Esto nos hace sospechar que tu condenación ha sido solamente un pretexto para golpear una vez más a la teología de la liberación, comprometida con el pueblo crucificado, cosa que no agrada al Vaticano.

Pero lo que más me duele es que te escogieran precisamente a ti para este intento espureo. Tú eres un superviviente del martirio, cuando en noviembre de 1989 en El Salvador toda tu comunidad de seis jesuitas, junto con la empleada y su hija, fueron asesinados por elementos de las fuerzas armadas.

Habías ido a Tailandia a sustituirme en un curso que yo no podía atender, y así escapaste de ser también asesinado. Tu testimonio «Los seis jesuitas mártires de El Salvador» es una de las más bellas páginas de espiritualidad y de conmoción escritas en la Iglesia de América Latina. Te escogieron a ti, a quien considero el más profundo teólogo latinoamericano, el que mejor articula espiritualidad y teología, inserción en el pueblo crucificado y reflexión, el que (lo digo sinceramente) presenta en mayor grado las virtudes insignes que caracterizan la santidad. Separaron tu obra de tu vida doliente y amenazada, como si pudiesen separar el cuerpo del alma. Sólo autoridades «carnales» que perdieron todo sentido del Espíritu, como diría san Pablo, podrían perpetrar tamaña agresión.

Pero hay una razón más profunda. Tu teología incomoda a las autoridades religiosas que se asentaron sobre el poder sagrado y se han fosilizado en él. Tú siempre has insistido en que la Iglesia debe decir la verdad sobre la realidad, que en nuestro Continente es brutal para con los pobres porque los mata de hambre y de exclusión. Por eso la Iglesia aquí tiene que ser liberadora. Articular fe y justicia, teoría y praxis, y hacerse fundamentalmente Iglesia de los pobres y de los pueblos crucificados.

Bien dijo Don Oscar Romero, también asesinado en El Salvador, a quien tú tanto asesoraste: «Se mata a quien estorba». Tú participas en cierta forma de este destino. Sé que seguirás trabajando y escribiendo para que los crucificados puedan resucitar. En el fondo sé que te alegras en el Espíritu de poder participar un poco de la pasión del pueblo sufriente.

Compañeros de tribulación, entendemos que el servicio último no es a la Iglesia, sino en la Iglesia a Dios, a las personas, especialmente a los pobres, que un día juzgarán si nuestra teología fue únicamente ortodoxa y no ortopráctica, que es la que realmente sirve a la liberación.



leonardo boff